¿Se siente usted libre?
Lo más seguro es que conteste que sí. Sin embargo, aquí no hablamos de esclavitud externa, sino
interna. Quizá usted no esté tras las rejas, ni
atado con grillos ni cadenas, pero que sí sea
cautivo de sistemas negativos de pensamiento o
comportamiento pernicioso. Entonces, confiesa
su pecado y se propone mejorar para la próxima
ocasión, pero al aumentar las presiones vuelve a
caer en el mismo estilo destructor. Otros quizá
crean que usted es un creyente fiel, pero en
realidad también padece de ansiedad, temores y
conflictos internos. La paz, el gozo y la plenitud
prometidos en la Palabra de Dios son solo
espejismos irreales.
Pero hay esperanza, pues el Señor Jesús dijo:
“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”
(Jn 8.32). Cristo tiene poder para romper las
cadenas que intentan mantenernos cautivos y
alejados de Él.
Muchos son esclavos del error y las
enseñanzas falsas como:
“Hay más de un camino para ir al cielo”.
En contraste con eso, el mismo Señor Jesucristo
dijo a sus discípulos:“Nadie viene al Padre, sino
por mí” (Jn 14.6).
“Las buenas obras nos llevan al cielo”.
Pero la Biblia dice que somos salvos solo por
medio de la fe, no por nuestras obras (Ef 2.8-9),
por buenas que parezcan.
“Dios nos acepta basándose en nuestro
buen desempeño”. No; nuestro Padre celestial
nos ama incondicionalmente (Ro 5.8) y en la
cruz la muerte de Cristo cumplió con todo lo
que necesitamos para ser aceptados por Él.
“Todo mundo irá al cielo porque Dios es
muy bueno”. En realidad los que rechazan a
Cristo y no creen en Él no podrán entrar en el
cielo (Jn 3.36).
“Podemos ser salvos hoy y perdernos
mañana”.Algunos creen que la vida eterna es
un don gratuito que debemos conservar por
nuestras buenas obras, pero la salvación es eterna y quien la recibe por fe, no puede perderse
(Jn 3.16).
Otros son esclavos de malas acciones
Nadie intenta convertirse en esclavo del alcohol;
ningún drogadicto deseó ser cautivo de una sustancia nociva. Lo mismo sucede con los adictos
de apetitos sexuales, de mentir constantemente,
robar, defraudar, ser indolentes, chismosos,
maldicientes o de cualquier otro pecado. Aunque
nadie está exento de pecar, Dios desea que
reconozcamos nuestras faltas honesta y
rápidamente.
También otros son víctimas de la
esclavitud emocional
Unas cuantas de ella son:
Temor. Esta es una atadura que abarca una
amplia gama de sentimientos negativos en cuanto
a preocupaciones como la vejez, falta de dinero,
enfermedad, accidentes, cualquier falta de confianza en el poder y el apoyo divino.
Celos y envidia. Esta es una combinación
fatal, pues provoca codicia por poseer lo que no
es lícito, lo que produce dolor y odio tanto para
quien codicia como para quien posee el objeto
deseado. No es posible ser envidioso y feliz al
mismo tiempo.
Culpa por acciones pasadas. Hay quienes
viven con remordimientos profundos que les
impiden perdonarse a sí mismos. Pero deben
recordar la promesa de perdón si se confiesa el
pecado pasado (Mi 7.18-19; 1 Jn 1.9).
Rencor. La Biblia dice que debemos perdonarnos unos a otros como Dios nos perdonó en
Cristo (Ef. 4.32) y continúa perdonándonos por
su misericordia, paciencia y amor
El poder destructivo de esta esclavitud
Obstruye muestra relación personal con
Jesucristo. No podremos ser como Él desea si
debido a nuestra incredulidad estamos atados a
cualquier cosa que le ofende.
Daña nuestro testimonio personal. Si consentimos en pecar, nuestra rebeldía debilitará
nuestra influencia con los inconversos; pero si
vivimos rectamente, se acrecentará el impacto
de nuestro testimonio del evangelio.
Contrista el corazón de Dios. Los padres
ejemplares lamentan las decisiones erróneas de
sus hijos y el Padre celestial se entristece al vernos
controlados por el pecado.
Limita nuestro potencial para servir a
Dios. Si no confrontamos debidamente nuestros
problemas, no podremos satisfacer sus propósitos en las tareas que Él nos encomiende.
Perjudica nuestro cuerpo. La ansiedad, la
amargura, el rencor, el enojo y otras emociones
negativas causan estragos en nuestros cuerpos.
La verdad que nos libera nos exhorta a
recordar:
Nuestra relación personal con Cristo. Si
somos creyentes, Él ha perdonado todos nuestros
pecados; jamás podremos perder la salvación.
Posición.Ya no somos enemigos de Dios, sino
hijos suyos y tenemos acceso al trono de la gracia
para recibir el socorro oportuno en cualquier
momento (He 4.16).
Posesión. El Espíritu Santo habita en nosotros
y Él nos capacitará en cada circunstancia. Dios
nos ha impartido su naturaleza y todo lo necesario para agradarlo y obedecerlo (2 P 1.3-4).
Dignidad. Como hijos de Dios somos de gran
estima para Él y muy útiles para cumplir su voluntad y servirle con fidelidad.
CONCLUSIÓN:
¿Está usted luchando con algunos de los
aspectos mencionados en este mensaje? Si ha
aceptado el don de la salvación de Dios, ya es
hijo suyo y tiene acceso al trono de la gracia
para obtener la victoria. Con la autoridad y el
poder del Espíritu Santo usted podrá rechazar
cada uno de ellos y cambiar de derrotero
siguiendo las sendas de justicia por las que
le conducirá el Buen Pastor (Sal 23.3).
Como hijos de Dios, los creyentes ya gozamos
de la libertad que Cristo nos ha dado; solo
necesitamos declararlo por fe. Para afirmarlo
podremos orar como sigue:“Señor, te confieso
que por mucho tiempo he sido cautivo de este
aspecto de la esclavitud al pecado. Gracias por
tu oferta del perdón y ahora te suplico que me
liberes y me concedas la victoria sobre este
pecado”.
Dios está listo para entrar en acción. ¿Está
usted listo para ser liberado?
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