martes, 30 de agosto de 2011



NO HAY MAYOR AMOR QUE ESTE.

Amor es una palabra usada a la ligera
La usamos para describir lo que sentimos por
nuestros familiares, distracciones, platillos
favoritos, programas de televisión y muchas otras
cosas; también expresa nuestro afecto, cariño o
inclinación hacia una persona. En la actualidad
se define casi siempre en términos de las emociones que experimenta una persona o de los
beneficios que disfruta al ser objeto del amor y
no en lo que quiera demandarle quien le ame. Sin
embargo, la Biblia define este concepto en términos de acciones concretas, es decir, de sacrificios.
El Señor Jesús lo expresó, diciendo:“Nadie
tiene mayor amor que este, que uno ponga su
vida por sus amigos” (Jn 15.13), y luego instruyó
a sus discípulos, declarando:“Un mandamiento
nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como
yo os he amado, que también os améis unos a
otros” (Jn 13.34). La manera en que tratemos a
otros demostrará al mundo que somos
seguidores de Cristo.

Cuatro aspectos del amor
El griego, el idioma en el que fue escrito el Nuevo
Testamento, tiene palabras específicas para designar los distintos aspectos del amor: éros habla de
pasión pasajera, sensual o romántica; storgué, para
referirse al afecto natural, como el de una madre
por su hijo o viceversa; filéo, la relación estrecha
entre amigos; y ágape, el amor que se niega a sí
mismo por el bien de otros.
Este último es el que más se usa en la Biblia para
caracterizar el amor de Dios por la humanidad,
como lo expresa el conocido pasaje de Juan 3.16.
Por otra parte, fue el aspecto que el Señor tenía
presente al decir a sus discípulos que deberían
amarse unos a otros. Abarca, también, la disposición del mismo Cristo que le llevó a entregarse a
sí mismo como sacrificio por nuestros pecados
para otorgarnos la salvación (Ef 5.2).
Demostraciones concretas del amor
de Cristo
En Juan 15.12 el mismo Señor amplía el significado del amor que Él demandaba de sus discípulos,
al decirles:“Este es mi mandamiento: Que os
améis unos a otros, como yo os he amado”.
¿Cómo amó Cristo?
 Desinteresadamente y sin egoísmo.
Nuestro amor no debe estar centrado en lo que
alguien pueda hacer por nosotros sino en cómopodremos beneficiarnos y bendecirnos unos a
otros. Es decir, que debemos tener la misma
actitud que Él tuvo ya que “no vino para ser
servido, sino para servir, y para dar su vida en
rescate por muchos” (Mat 20.28).
 Siendo comprensivo. Él conocía el trasfondo y
las limitaciones de sus seguidores y comprendía
que a veces eran temerosos y débiles y por eso les
demostró compasión cuando fracasaban. También
nosotros hemos de esforzarnos por considerar a
quienes no nos traten bien o que vivan en pecado.
En lugar de juzgarlos debemos preguntarnos: ¿Qué
clase de vida tuvieron en el pasado? ¿Cómo los
educaron sus padres? ¿En qué trabajan? Siempre
hay alguna razón por la que algunos se rebelancontra Dios. Esforzarnos por entender su situación
no altera su relación con Dios, pero podrá ayudarnos a comprenderlos y amarlos como Él nos
lo ordena.
Por ejemplo, ¿cómo trató el Señor a Pedro
cuando éste le preguntó cuántas veces debería
perdonar a su hermano, con un tono de orgullo?
El Señor no lo reprendió sino que, conociendo su
carácter impulsivo, le contestó pacientemente:
“Setenta veces siete”. Si deseamos demostrar
amor genuino e interesarnos por alguien con el
fin de ayudarle, debemos ser comprensivos de
su situación.
 Dispuesto a perdonar. Una persona que
ama genuinamente también sabrá perdonar.
Quizá alguien diga:“Usted no sabe lo que me
hizo tal o cual”. ¿Cuántas veces hemos pedido
perdón a Dios por haber cometido un pecado
en repetidas ocasiones? ¿Acaso Él nos ha dicho:
“Una vez más, y será la última”. ¡Jamás! Él siempre nos perdona. ¿Qué derecho tenemos para
no perdonar una ofensa? Recuerdo que un
creyente me dijo que iba a visitar una cárcel
para hablar del evangelio al que, conduciendo
borracho, había matado a su madre la semana
anterior.
Al pensar en alguien rencoroso veo que se trata
de una persona amargada. Y perdonar no es fácil,
pero todo resentimiento trae consecuencias
serias. Si nos aferramos a mantener un espíritu
amargado nuestra salud lo resentirá, no solo
nuestra relación con Dios y los demás. Pero el
Señor está dispuesto a borrar ese pecado. No
olvidemos esto la próxima ocasión que Él nos
demande que tengamos misericordia con
alguien que la necesita.
 Dispuesto a sacrificarse. En Marcos 8.34 Él
mismo dijo:“Si alguno quiere venir en pos de
mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y
sígame”. La forma suprema del amor es estar
dispuesto a dar la vida a favor de otro. Quizá no
tengamos que morir para salvarle, pero el amor
genuino casi siempre demanda cierto grado de
sacrificio. Aunque nosotros jamás podremosduplicar la muerte expiatoria de Cristo en la
cruz, podemos negarnos a nosotros mismos y
servir a otros con amor.
Este tipo de amor puede ser muy doloroso.
En los matrimonios en los que es muy difícil
agradar a uno de los cónyuges, puede haber
sufrimiento que a la postre resulte en rechazo
total. Pero quienes están dispuestos a sacrificarse no se enfocan en lo que puedan sacar de
esa relación; se esfuerzan por hacer lo mejor
de su parte en beneficio del otro. Sin embargo,
recordemos que el amor no necesariamente
quiere decir complacer al cónyuge en todo lo
que quiera y demande. En lugar de eso, el afecto genuino y profundo decide dar solo aquello
que en última instancia beneficie al ser amado.
CONCLUSIÓN:
¿Ha habido alguna persona que le haya
demostrado el amor de Dios para con usted?
¿Puede usted mencionar alguien a quien haya
amado genuinamente al grado de estar dispuesto a sacrificarse a su favor? A menos que
usted lo haya experimentado, jamás podrá
conocer el gozo verdadero que trae consigo
amar a otros con la clase de amor que Dios
espera que sintamos.
Quizá se haya sentido desolado, pero si ha
recibido el don de la salvación recuerde que el
amor del Padre está siempre a su disposición. Así como Cristo entregó su vida en la cruz, usted y
yo podemos reconciliarnos con Dios y gozar de
su afecto divino. Acérquese a Él y pídale que
llene su corazón de su amor infinito y perfecto.


"La oración Poderosa "

La oración nos permite echar nuestras cargas

sobre el Señor (Sal 55.22) y recibir orientación

y ayuda de Él. Sin embargo, con demasiada

frecuencia no apreciamos este privilegio en

todo lo que vale y en lugar de recurrir al Padre

en oración, intentamos resolver nuestros

problemas por cuenta propia.

Usted y yo podemos experimentar el poder de

Dios en nuestra vida cotidiana si estamos

dispuestos a inclinarnos ante Él y buscarlo

sinceramente, reconociendo que de rodillas

somos más altos y más fuertes. Pero, ¿tenemos

que arrodillarnos cada ocasión que oramos?

No. Físicamente hay muchos que no pueden

hacerlo, por lo que la actitud de nuestro corazón

debe ser de temor reverente y sumisión al Dios

omnipotente. Si nuestro concepto de la oración

es correcto, podremos confiar en que Él

conteste nuestras peticiones.

Nehemías sabía ser alto y fuerte sobre

sus rodillas.

En su papel como copero del rey Artajerjes,

Nehemías tenía un puesto de mucha influencia y

probablemente vivía rodeado de lujos, pero como

era uno de los judíos cautivos no estaba en libertad

de ir adonde quisiera. Al saber que los muros de

Jerusalén estaban en ruinas y, por ende, vulnerable

a ser atacada, buscó a Dios en oración e hizo

duelo por algunos días (Neh 1.4). El Señor le dio

gracia con el rey, el cual le dio permiso para

ausentarse por un tiempo y a la vez suplió a los

exilados materiales de construcción y les brindó

protección militar (Neh 2.5-9). Además le dio

cartas para los gobernadores de las provincias

por las que pasarían en su camino a Jerusalén

para que les permitieran seguir adelante.

En varias ocasiones Nehemías buscó al Señor al

tropezar con problemas o amenazas, pidiéndole

fortaleza para continuar pese a las críticas y el

desaliento (Neh 4.1-5). Dios le concedió sabiduría

para enfrentarse a sus opositores (Neh 6.1-3) y

para defender las ciudades (Neh 4.18). Para

sorpresa de sus enemigos, los judíos reconstruyeron

el muro en 52 días y, lo más importante, tuvieron

un avivamiento espiritual como resultado de la

fidelidad de Nehemías.

¿Cómo debemos orar?

Reconociendo que Dios es el soberano del

universo. Nehemías dirigió sus oraciones al Dios

“fuerte, grande y temible” (Neh 1.5); sabía que

Él controla absolutamente todo (Sal 103.19). Por

lo que toca a nosotros, aunque estemos en las

circunstancias más difíciles nuestro Padre celestial

jamás deja de ser quien domina y controla el

universo.

Honrando la santidad de Dios. Cuando

Isaías vio al Señor en su gloria, se sintió

inmundo, aunque su vida era recta (Is 6.1-6).

Como humanos, todos estamos muy lejos de

lograr la santidad absoluta de Dios. Aunque Él es

nuestro Padre y se interesa por cada detalle de

nuestras vidas, no deja de ser soberano, lo que

implica que debemos acercarnos a Él con temor

y reverencia. Esas actitudes impulsaron a Nehemías

a ayunar y orar durante 4 meses. Recurrió a Dios,

no a sí mismo, para la solución de los problemas

de Jerusalén.

Arrepintiéndonos de nuestros pecados.

La Biblia nos enseña que Dios no escuchará

nuestras oraciones si consentimos al pecado

en nuestros corazones (Sal 66.18). El puede

ser bueno con nosotros y su benignidad nos

guía al arrepentimiento (Ro 2.4), pero debemos

confesar nuestros pecados. La pureza de corazón

y el poder de Dios siempre van unidos.

Reconociendo nuestra insuficiencia.

Nehemías no estaba preparado para reparar

muros ni había dirigido un ejército; como

exiliado, no era conocido por los judíos de

Jerusalén y ellos no tenían por qué obedecerlo.

Aún así, él confió en Dios y obedeció. Si Dios

nos ordena hacer algo, no nos dirá que hagamos

lo que podamos sin su fuerza y poder. Él nos

enseñará a depender completamente de Él y

nos dotará de todos los recursos necesarios.

Estando disponibles para que Dios nos

use. Nehemías estuvo dispuesto a obedecer lo

que Dios le ordenara hacer pues confiaba que

Él resolvería las dificultades que pudieran surgir.

Nosotros también tenemos acceso al Consejero

divino. Él conoce cada detalle de nuestras

aflicciones. ¿Estamos dispuestos a obedecer lo

que Él nos ordene? Dios cubrirá nuestros errores

y nos levantará cuando caigamos. A nosotros nos

toca obedecer.

Experimentando el poder del Espíritu

Santo que nos faculta para llevar a cabo

lo que Dios nos encomiende. El éxito de

Nehemías no se debió a su educación, su

personalidad o sus relaciones políticas, pues

había mantenido relación estrecha con el Padre

celestial y siempre recurrió a Él (Neh 2.4). Si

creemos ser indignos o insignificantes, recordemos

que Dios nos tiene en otro concepto y que nos ve

como individuos con gran potencial. Con el poder

del Espíritu podremos hacer lo que Él nos indique

y también suplirá la fuerza y la capacidad que

necesitemos.

Obteniendo la visión y dirección de Dios.

Nehemías se sintió desolado al enterarse de la

condición en que se encontraba Jerusalén, pero al

buscar a Dios en oración Él le asignó el papel que

debía desempeñar. Si usted supiera lo que debería

hacer por el resto de su vida, ¿en qué consistiría?

Busque al Señor con ese deseo y permita que Él lo

perfeccione; pídale que le capacite para cumplir

su voluntad para su vida; entregue sus sueños al

Padre celestial; y observe lo que Él hará en y por

medio de usted.

CONCLUSIÓN:

Como hijo de Dios, usted tiene el enorme

privilegio de doblar sus rodillas y hablar

personalmente con la autoridad suprema del

universo. No tenga en poco ese don precioso.

Con toda humildad acérquese al trono de la

gracia con sus necesidades, confiese su pecado

y admita que los desafíos que le presenta la vida

son demasiado difíciles para usted y que precisa

de su ayuda. El Padre celestial le revelará sus

planes y le capacitará concediéndole todo lo

que usted necesite para tener éxito.

¿Está usted dispuesto a orar, diciendo:“Señor,

no me siento capaz, pero obedeceré lo que tú

me ordenes”? Amigo, Dios le usará y le bendecirá

de manera sorprendente si usted está dispuesto

a someterse a su voluntad pues Él nos dice en

su Palabra que “la bendición de Jehová es la

que enriquece, y no añade tristeza con ella”

(Pr 10.22)