lunes, 5 de septiembre de 2011
" ¿ COMO PERDONAR ? "
Guía práctica para uno de los llamados más difíciles de la vida:
Traición. Rechazo. Condena. Nadie pide ese trato, pero pocos están a salvo de recibir algunas heridas en la vida. Las circunstancias que requieren de perdón no están, por lo general, en nuestros planes. Pero, para obedecer fielmente a Cristo, tenemos que aprender a decir: “Te perdono”. La siguiente “guía” no es exhaustiva. Pero los consejos, las citas y los relatos recogidos aquí proporcionarán orientación en cuanto a la difícil orden del Señor de perdonar, no importa cuál sea la ofensa.
Mientras observaba a mis hijos jugar en un parque cerca de nuestra casa, se desarrolló un curioso drama entre dos mujeres y sus hijos.
Una mujer sostenía la mano de su hijo. La otra, más alterada, agarraba el codo del suyo. Ambos niños estaban con el ceño fruncido, con el mentón hacia fuera y las manos metidas en los bolsillos.
“Él dijo que lo sentía”, dijo la segunda madre. “Ahora dile tú: ‘Te perdono’, y dense la mano”. Ninguno de los dos se miraba a los ojos. Durante el silencio, la frustrada mamá comenzó a amenazar alteradamente a su hijo hasta que éste pronunció una o dos palabras. Aliviada, esta mamá los envió de nuevo al parque, y luego se lamentó con su amiga sobre la dificultad de llegar a los corazones de sus hijos. “Sé que el necesitaba hacerlo”, suspiró, “pero si no lo hizo de corazón, ¿qué sentido tiene?”
Era una pregunta válida. Después de todo, el “te perdono” que dijo su hijo era tan sincero como el “lo siento” de la respuesta del otro. Este incidente me recordó que saber que hay que perdonar no es la parte difícil; perdonar de verdad, sí que lo es. El punto, después de todo, es la reconciliación —la comunión restaurada y la herida sanada— que resulta de la práctica de esta disciplina. Al final, el perdón cambia más a quien perdona que al perdonado.
Esto es así, porque el perdón nos obliga a reconocer nuestra impotencia, y a confiar en la justicia de Dios. El niño que se resistía a perdonar sabía instintivamente que la debilidad no es, por lo general, considerada una virtud. Buscar la venganza nos hace sentir fuertes. Perdonar, por el contrario, reconoce que es posible que no recibamos la “justicia” que pensamos que merecíamos.
El cambio también se debe a que el perdón crea un espacio para la comunión restaurada. Renunciar a nuestro reclamo contra el ofensor nos lleva de la debilidad a la fortaleza, ya que invitamos a la paz del Espíritu Santo a restaurar nuestra relación con Dios y el prójimo. Negar el perdón, en cambio, rompe la comunión no solo con nuestro adversario, sino también con nuestro Padre celestial (Mr 11.25).
Un rato después, mientras mis hijos y yo dejábamos el parque, vi que los niños estaban jugando otra vez. Sonreían y reían como si nada hubiera sucedido. Aunque el proceso no siempre se vuelve tan fácil, el perdonar —y recibir perdón— había hecho un espacio para su amistad.
La mayoría de las personas sufren heridas mucho más profundas que las del caso del parque. Los obstáculos para perdonar serán mucho más grandes, y el costo mucho más alto. Pero el punto sigue siendo el mismo: cuando perdonamos, hacemos posible que una relación se renueve, si no con la persona que perdonamos, entonces con la Persona que nos ha perdonado.
Consejo no. 1: Perdone y recuerde
Por lo general, ponemos juntas las palabras “perdonar” y “olvidar”, pero para perdonar de verdad, tenemos que recordar. El apóstol Pablo dice que nuestro deber de perdonar a los demás depende de recordar el perdón que recibimos de Dios. “De la manera que Cristo os perdonó”, escribe, “así también hacedlo vosotros” (Col 3.13). No solo debemos recordar que Dios nos perdona, sino también imitar cómo Él lo hace: con misericordia, con generosidad, y por completo.
Podemos sentirnos tentados a mantener un “registro de agravios”, pero el amor impide eso (1 Co 13.5). El mundo incrédulo tiende a alimentar rencores contra quienes nos han causado algún mal, pero como seguidores de Cristo, perdonamos con generosidad sin esperar nada a cambio.
Aplicación: Perdone por completo, haga borrón y cuenta nueva. Perdonar no significa olvidar la ofensa. Después de todo, usted es humano, y no puede olvidar totalmente. Peor aun, pretender que nunca sucedió nada malo, impide que haya sanidad. Cuando recuerde la falta cometida contra usted, véala como una oportunidad para recordar la gracia de Dios para con usted, y por medio de usted para con el ofensor.
Consejo no. 2: No se limite a decir unas simples palabras
Desde la perspectiva cristiana, el perdón requiere mucho más de nosotros que unas breves palabras. El escritor Thomas Watson dio una respuesta sorprendente a la pregunta: ¿Qué es el perdón? Él escribió: “Perdonamos cuando luchamos contra todo pensamiento de venganza; cuando no pensamos hacer ninguna mala jugada a nuestros enemigos, sino que les deseamos lo mejor, nos afligimos por sus calamidades, oramos por ellos, buscamos la reconciliación con ellos, y nos mostramos listos todo el tiempo para aliviarlos”. En otras palabras, el perdón requiere de una acción misericordiosa interior antes de que podamos llevar a cabo una acción misericordiosa exterior (véase el consejo no. 4). Gran parte de este trabajo interior puede hacerse sin el conocimiento del ofensor. La frase de Watson “luchar contra”, reconoce lo extenuante que puede llegar a ser el perdón, exigiéndonos que nos opongamos de forma activa y enérgica a la inclinación natural de agredir física o verbalmente a la otra persona, o de retirarle nuestro afecto.
Aplicación: Evite atacar a los demás o apartarse de ellos, y busque oportunidades para celebrar los triunfos de su ofensor. No se alegre cuando esta persona sufra, sino acompáñela en su aflicción. Trate de “aliviar” sinceramente a esa persona, y busque el momento adecuado para la reconciliación. Todo este trabajo del corazón le permitirá a usted, cuando llegue el momento, ofrecer un perdón auténtico.
Consejo no. 3: Comience con poco
Practique el perdonar a otros por sus pequeñas faltas a lo largo de cada día, tales como que otro conductor se le adelante en el tráfico quitándole su derecho en la vía, o que reciba una ofensa no intencional. Si lo hace, eso transformará poco a poco su corazón con el tiempo, haciendo posible que perdone a otros cuando surjan conflictos más grandes y más serios.
Consejo no. 4: Evite guardar rencor
Podríamos tener la tentación de no hacer caso a la falta cometida contra nosotros, asumiendo la responsabilidad total o parcial. Frases como: “probablemente me lo merecía”, o “tiene que haber sido cosa de los dos”, puede ocultar los sentimientos reales. Este falso proceder parece ser sabio, pero sepultar el dolor planta semillas que producen después un fruto amargo.
Aplicación: Cuando usted reciba un agravio, busque la oportunidad de hacer algo en bien del ofensor. Orar por el ofensor es un buen comienzo. Hacer esta obra de amor y misericordia hará más fácil desarraigar el resentimiento.
Consejo no. 5: Busque misericordia más que justicia
En nuestra cultura, que aplaude la venganza antes que la misericordia, la idea de la justicia bíblica se les escapa a muchos, incluyendo a los cristianos. Algunas personas utilizan frases como: “el castigo debe ser proporcional al delito”, y concluyen falsamente que la justicia y la misericordia no pueden coexistir. Estas personas ignoran la estrecha conexión que debe haber entre ambas, como lo ilustra la Biblia mediante expresiones de profundo perdón cuando pudo haberse hecho “justicia” mediante la violencia.
Pensemos en José (véase Gn 37, 39–47). Imaginemos su historia contada dentro de las normas culturales de hoy. En vez de perdonar a sus hermanos, José habría ejecutado su largamente esperada venganza por medio de una cruel venganza o de una larga batalla legal. Esto puede sonar ridículo a nuestros oídos, pero las películas y los libros (las “biblias” del mundo de hoy) cuentan historias semejantes todo el tiempo. ¡Cuánto más grande y más conmovedora es la historia del José real! Él prefirió perdonar cuando nadie le habría negado su derecho de vengarse.
Aplicación: ¿No le ofrece su vida oportunidades semejantes para perdonar? Un compañero de trabajo exagera sus logros, y recibe un ascenso que debió haber sido de usted. Alguien traiciona su confianza, y le hace perder a un amigo. Un cónyuge miente, poniendo en peligro el matrimonio y la familia. No importa qué tan problemático pueda ser el caso, deje que Dios le revele la manera de cómo la misericordia y la justicia pueden combinarse.
Consejo no. 6: Perdone a sus enemigos
En la mañana del 2 de octubre de 2006, Charles Roberts entró en una escuela Amish de Nickel Mines, Pensilvania. Un poco más de media hora después, cinco niñas estaban muertas, cinco más heridas, y la paz de la comunidad hecha añicos para siempre.
Sin embargo, el mismo día, mientras que los cuerpos seguían sin enterrar, se escuchó decir a un abuelo Amish a sus parientes jóvenes: “No debemos pensar mal de este hombre”. Roberts se había quitado la vida durante la crisis, y en los días que siguieron, la comunidad trató con misericordia y perdón a su familia, asombrando al mundo por su benignidad.
La respuesta Amish de misericordia y perdón fue extraordinaria por su singularidad en un mundo fascinado por la justicia. Uno de los autores del libro Amish Grace (La misericordia de los Amish), Donald Kraybill, descubrió que la respuesta no era sorprendente sino natural. Dice que el perdón está entretejido en la cultura Amish. Su vida comunitaria exige un espíritu de perdón, y por eso lo practican como un estilo de vida, cultivándolo, como lo requiere la Biblia.
No todas las personas tienen un enemigo, es decir, a alguien que las haya agraviado continuamente, con malicia, sin pensar en el bienestar de ellas. Si usted tiene un enemigo, la obra del perdón comienza con una oración para recordar la gracia de Dios hacia usted. Una de las tareas del Espíritu Santo es “convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn 16.8). Solo Él puede producir el cambio de corazón necesario para que podamos ver nuestro pecado, reconocer la justicia de Cristo, y ver que el juicio le pertenece a Dios.
Aplicación: La mayoría de nosotros no tenemos enemigos, pero debemos preparar nuestros corazones para el duro trabajo de perdonar. Pídale a Dios que le muestre su propio pecado, y le recuerde su gracia. Y así, el día que sea lastimado, busque a su ofensor y, con la conciencia de sus propias fallas, le pida perdón. Ore por el bienestar de esa persona, no solo para que vea el error que cometió, sino también para que Dios la proteja y prospere. Apresúrese a brindar misericordia, deje la justicia en manos de Dios, y asegúrese de no permitir que el resentimiento halle terreno fértil en usted.
Traición. Rechazo. Condena. Nadie pide ese trato, pero pocos están a salvo de recibir algunas heridas en la vida. Las circunstancias que requieren de perdón no están, por lo general, en nuestros planes. Pero, para obedecer fielmente a Cristo, tenemos que aprender a decir: “Te perdono”. La siguiente “guía” no es exhaustiva. Pero los consejos, las citas y los relatos recogidos aquí proporcionarán orientación en cuanto a la difícil orden del Señor de perdonar, no importa cuál sea la ofensa.
Mientras observaba a mis hijos jugar en un parque cerca de nuestra casa, se desarrolló un curioso drama entre dos mujeres y sus hijos.
Una mujer sostenía la mano de su hijo. La otra, más alterada, agarraba el codo del suyo. Ambos niños estaban con el ceño fruncido, con el mentón hacia fuera y las manos metidas en los bolsillos.
“Él dijo que lo sentía”, dijo la segunda madre. “Ahora dile tú: ‘Te perdono’, y dense la mano”. Ninguno de los dos se miraba a los ojos. Durante el silencio, la frustrada mamá comenzó a amenazar alteradamente a su hijo hasta que éste pronunció una o dos palabras. Aliviada, esta mamá los envió de nuevo al parque, y luego se lamentó con su amiga sobre la dificultad de llegar a los corazones de sus hijos. “Sé que el necesitaba hacerlo”, suspiró, “pero si no lo hizo de corazón, ¿qué sentido tiene?”
Era una pregunta válida. Después de todo, el “te perdono” que dijo su hijo era tan sincero como el “lo siento” de la respuesta del otro. Este incidente me recordó que saber que hay que perdonar no es la parte difícil; perdonar de verdad, sí que lo es. El punto, después de todo, es la reconciliación —la comunión restaurada y la herida sanada— que resulta de la práctica de esta disciplina. Al final, el perdón cambia más a quien perdona que al perdonado.
Esto es así, porque el perdón nos obliga a reconocer nuestra impotencia, y a confiar en la justicia de Dios. El niño que se resistía a perdonar sabía instintivamente que la debilidad no es, por lo general, considerada una virtud. Buscar la venganza nos hace sentir fuertes. Perdonar, por el contrario, reconoce que es posible que no recibamos la “justicia” que pensamos que merecíamos.
El cambio también se debe a que el perdón crea un espacio para la comunión restaurada. Renunciar a nuestro reclamo contra el ofensor nos lleva de la debilidad a la fortaleza, ya que invitamos a la paz del Espíritu Santo a restaurar nuestra relación con Dios y el prójimo. Negar el perdón, en cambio, rompe la comunión no solo con nuestro adversario, sino también con nuestro Padre celestial (Mr 11.25).
Un rato después, mientras mis hijos y yo dejábamos el parque, vi que los niños estaban jugando otra vez. Sonreían y reían como si nada hubiera sucedido. Aunque el proceso no siempre se vuelve tan fácil, el perdonar —y recibir perdón— había hecho un espacio para su amistad.
La mayoría de las personas sufren heridas mucho más profundas que las del caso del parque. Los obstáculos para perdonar serán mucho más grandes, y el costo mucho más alto. Pero el punto sigue siendo el mismo: cuando perdonamos, hacemos posible que una relación se renueve, si no con la persona que perdonamos, entonces con la Persona que nos ha perdonado.
Consejo no. 1: Perdone y recuerde
Por lo general, ponemos juntas las palabras “perdonar” y “olvidar”, pero para perdonar de verdad, tenemos que recordar. El apóstol Pablo dice que nuestro deber de perdonar a los demás depende de recordar el perdón que recibimos de Dios. “De la manera que Cristo os perdonó”, escribe, “así también hacedlo vosotros” (Col 3.13). No solo debemos recordar que Dios nos perdona, sino también imitar cómo Él lo hace: con misericordia, con generosidad, y por completo.
Podemos sentirnos tentados a mantener un “registro de agravios”, pero el amor impide eso (1 Co 13.5). El mundo incrédulo tiende a alimentar rencores contra quienes nos han causado algún mal, pero como seguidores de Cristo, perdonamos con generosidad sin esperar nada a cambio.
Aplicación: Perdone por completo, haga borrón y cuenta nueva. Perdonar no significa olvidar la ofensa. Después de todo, usted es humano, y no puede olvidar totalmente. Peor aun, pretender que nunca sucedió nada malo, impide que haya sanidad. Cuando recuerde la falta cometida contra usted, véala como una oportunidad para recordar la gracia de Dios para con usted, y por medio de usted para con el ofensor.
Consejo no. 2: No se limite a decir unas simples palabras
Desde la perspectiva cristiana, el perdón requiere mucho más de nosotros que unas breves palabras. El escritor Thomas Watson dio una respuesta sorprendente a la pregunta: ¿Qué es el perdón? Él escribió: “Perdonamos cuando luchamos contra todo pensamiento de venganza; cuando no pensamos hacer ninguna mala jugada a nuestros enemigos, sino que les deseamos lo mejor, nos afligimos por sus calamidades, oramos por ellos, buscamos la reconciliación con ellos, y nos mostramos listos todo el tiempo para aliviarlos”. En otras palabras, el perdón requiere de una acción misericordiosa interior antes de que podamos llevar a cabo una acción misericordiosa exterior (véase el consejo no. 4). Gran parte de este trabajo interior puede hacerse sin el conocimiento del ofensor. La frase de Watson “luchar contra”, reconoce lo extenuante que puede llegar a ser el perdón, exigiéndonos que nos opongamos de forma activa y enérgica a la inclinación natural de agredir física o verbalmente a la otra persona, o de retirarle nuestro afecto.
Aplicación: Evite atacar a los demás o apartarse de ellos, y busque oportunidades para celebrar los triunfos de su ofensor. No se alegre cuando esta persona sufra, sino acompáñela en su aflicción. Trate de “aliviar” sinceramente a esa persona, y busque el momento adecuado para la reconciliación. Todo este trabajo del corazón le permitirá a usted, cuando llegue el momento, ofrecer un perdón auténtico.
Consejo no. 3: Comience con poco
Practique el perdonar a otros por sus pequeñas faltas a lo largo de cada día, tales como que otro conductor se le adelante en el tráfico quitándole su derecho en la vía, o que reciba una ofensa no intencional. Si lo hace, eso transformará poco a poco su corazón con el tiempo, haciendo posible que perdone a otros cuando surjan conflictos más grandes y más serios.
Consejo no. 4: Evite guardar rencor
Podríamos tener la tentación de no hacer caso a la falta cometida contra nosotros, asumiendo la responsabilidad total o parcial. Frases como: “probablemente me lo merecía”, o “tiene que haber sido cosa de los dos”, puede ocultar los sentimientos reales. Este falso proceder parece ser sabio, pero sepultar el dolor planta semillas que producen después un fruto amargo.
Aplicación: Cuando usted reciba un agravio, busque la oportunidad de hacer algo en bien del ofensor. Orar por el ofensor es un buen comienzo. Hacer esta obra de amor y misericordia hará más fácil desarraigar el resentimiento.
Consejo no. 5: Busque misericordia más que justicia
En nuestra cultura, que aplaude la venganza antes que la misericordia, la idea de la justicia bíblica se les escapa a muchos, incluyendo a los cristianos. Algunas personas utilizan frases como: “el castigo debe ser proporcional al delito”, y concluyen falsamente que la justicia y la misericordia no pueden coexistir. Estas personas ignoran la estrecha conexión que debe haber entre ambas, como lo ilustra la Biblia mediante expresiones de profundo perdón cuando pudo haberse hecho “justicia” mediante la violencia.
Pensemos en José (véase Gn 37, 39–47). Imaginemos su historia contada dentro de las normas culturales de hoy. En vez de perdonar a sus hermanos, José habría ejecutado su largamente esperada venganza por medio de una cruel venganza o de una larga batalla legal. Esto puede sonar ridículo a nuestros oídos, pero las películas y los libros (las “biblias” del mundo de hoy) cuentan historias semejantes todo el tiempo. ¡Cuánto más grande y más conmovedora es la historia del José real! Él prefirió perdonar cuando nadie le habría negado su derecho de vengarse.
Aplicación: ¿No le ofrece su vida oportunidades semejantes para perdonar? Un compañero de trabajo exagera sus logros, y recibe un ascenso que debió haber sido de usted. Alguien traiciona su confianza, y le hace perder a un amigo. Un cónyuge miente, poniendo en peligro el matrimonio y la familia. No importa qué tan problemático pueda ser el caso, deje que Dios le revele la manera de cómo la misericordia y la justicia pueden combinarse.
Consejo no. 6: Perdone a sus enemigos
En la mañana del 2 de octubre de 2006, Charles Roberts entró en una escuela Amish de Nickel Mines, Pensilvania. Un poco más de media hora después, cinco niñas estaban muertas, cinco más heridas, y la paz de la comunidad hecha añicos para siempre.
Sin embargo, el mismo día, mientras que los cuerpos seguían sin enterrar, se escuchó decir a un abuelo Amish a sus parientes jóvenes: “No debemos pensar mal de este hombre”. Roberts se había quitado la vida durante la crisis, y en los días que siguieron, la comunidad trató con misericordia y perdón a su familia, asombrando al mundo por su benignidad.
La respuesta Amish de misericordia y perdón fue extraordinaria por su singularidad en un mundo fascinado por la justicia. Uno de los autores del libro Amish Grace (La misericordia de los Amish), Donald Kraybill, descubrió que la respuesta no era sorprendente sino natural. Dice que el perdón está entretejido en la cultura Amish. Su vida comunitaria exige un espíritu de perdón, y por eso lo practican como un estilo de vida, cultivándolo, como lo requiere la Biblia.
No todas las personas tienen un enemigo, es decir, a alguien que las haya agraviado continuamente, con malicia, sin pensar en el bienestar de ellas. Si usted tiene un enemigo, la obra del perdón comienza con una oración para recordar la gracia de Dios hacia usted. Una de las tareas del Espíritu Santo es “convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn 16.8). Solo Él puede producir el cambio de corazón necesario para que podamos ver nuestro pecado, reconocer la justicia de Cristo, y ver que el juicio le pertenece a Dios.
Aplicación: La mayoría de nosotros no tenemos enemigos, pero debemos preparar nuestros corazones para el duro trabajo de perdonar. Pídale a Dios que le muestre su propio pecado, y le recuerde su gracia. Y así, el día que sea lastimado, busque a su ofensor y, con la conciencia de sus propias fallas, le pida perdón. Ore por el bienestar de esa persona, no solo para que vea el error que cometió, sino también para que Dios la proteja y prospere. Apresúrese a brindar misericordia, deje la justicia en manos de Dios, y asegúrese de no permitir que el resentimiento halle terreno fértil en usted.
viernes, 2 de septiembre de 2011
" ¿Como sabe que es Salvo? "
Cuando usted fue salvo, ¿alguien le
ayudó a saber cómo andar con Dios?
¿Esa persona le instó a leer la Biblia? ¿Le explicó
el papel que desempeña el Espíritu Santo en
su nueva vida? ¿Le instruyó cómo enfrentarse
al pecado, confesar sus faltas, practicar una
conducta agradable a Dios? ¿Le enseñó a orar?
Lo más seguro es que nadie le haya explicado
qué esperar después de la salvación ni cómo
desempeñar sus responsabilidades como creyente.
Lo cierto es que pocos creyentes reciben
lecciones de discipulado o capacitación para
vivir como hijos de Dios, pero hay verdades
fundamentales que todo seguidor del Señor
Jesucristo debe conocer y practicar. Es esencial
entender y aplicar esos principios a fin de tener
una vida cristiana efectiva y fructífera.
Nuestro Señor Jesucristo es el Hijo de
Dios y Señor de todo lo creado
Jesús no es simplemente otro personaje histórico
famoso, no solo un hombre justo que vivió hace
siglos y murió en una cruz. Filipenses 2.6-7 dice:
“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el
ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino
que se despojó a sí mismo, tomando forma de
siervo, hecho semejante a los hombres”. Siendo
Dios en la encarnación también fue hecho
hombre. La Biblia dice:“Por lo cual Dios también
le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que
es sobre todo nombre, para que en el nombre de
Jesús se doble toda rodilla de los que están en los
cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda
lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para
gloria de Dios Padre”(Fil 2.9-11). Todo esto nos
indica que no hay nombre más poderoso que el
del Señor Jesús y que un día toda persona lo
reconocerá como tal.
Es importante notar que Él también es el Señor,
nuestro Jefe. Es el soberano, el creador y en Él
subsisten todas las cosas (Col 1.15-17). En nuestra
cultura, la palabra “jefe” tiene una connotación
negativa. Pero la autoridad y la dirección del
Señor Jesús en nuestras vidas son siempre para
nuestro máximo bien. La imagen que vemos en el
Nuevo Testamento es la de un tierno Pastor que
guía a su rebaño (Jn 10.1-16). Un buen pastor
cuida su rebaño del peligro, y conduce a sus
ovejas a lugares de alimentación y descanso.
Cristo, como nuestro Buen Pastor, nos conduce y
sostiene con amor.
Debido a todo eso, tiene derecho indiscutible
para dirigir cada una de nuestras acciones,
pensamientos y actitudes. Si estamos dispuestos
a sujetarnos al señorío de Cristo, nuestras vidas
tendrán un impacto incalculable en nuestros
conocidos y un significado especial en el Reino
de Dios; pero si deliberadamente lo rechazamos,
estaremos en rebeldía abierta en contra de Él.
Nuestra responsabilidad es demostrar
lo que es la vida de Cristo
Otra importante verdad que el nuevo creyente
necesita conocer, es que tenemos un papel que
Filipenses 2.5-13 Salmo 23.39 | Juan 16.13 | Romanos 8.29 | Gálatas 5.1
Efesios 2.8-9 | Filipenses 1.1; 2.12, 13 | Colosenses 1.15-17, 23
ayudó a saber cómo andar con Dios?
¿Esa persona le instó a leer la Biblia? ¿Le explicó
el papel que desempeña el Espíritu Santo en
su nueva vida? ¿Le instruyó cómo enfrentarse
al pecado, confesar sus faltas, practicar una
conducta agradable a Dios? ¿Le enseñó a orar?
Lo más seguro es que nadie le haya explicado
qué esperar después de la salvación ni cómo
desempeñar sus responsabilidades como creyente.
Lo cierto es que pocos creyentes reciben
lecciones de discipulado o capacitación para
vivir como hijos de Dios, pero hay verdades
fundamentales que todo seguidor del Señor
Jesucristo debe conocer y practicar. Es esencial
entender y aplicar esos principios a fin de tener
una vida cristiana efectiva y fructífera.
Nuestro Señor Jesucristo es el Hijo de
Dios y Señor de todo lo creado
Jesús no es simplemente otro personaje histórico
famoso, no solo un hombre justo que vivió hace
siglos y murió en una cruz. Filipenses 2.6-7 dice:
“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el
ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino
que se despojó a sí mismo, tomando forma de
siervo, hecho semejante a los hombres”. Siendo
Dios en la encarnación también fue hecho
hombre. La Biblia dice:“Por lo cual Dios también
le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que
es sobre todo nombre, para que en el nombre de
Jesús se doble toda rodilla de los que están en los
cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda
lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para
gloria de Dios Padre”(Fil 2.9-11). Todo esto nos
indica que no hay nombre más poderoso que el
del Señor Jesús y que un día toda persona lo
reconocerá como tal.
Es importante notar que Él también es el Señor,
nuestro Jefe. Es el soberano, el creador y en Él
subsisten todas las cosas (Col 1.15-17). En nuestra
cultura, la palabra “jefe” tiene una connotación
negativa. Pero la autoridad y la dirección del
Señor Jesús en nuestras vidas son siempre para
nuestro máximo bien. La imagen que vemos en el
Nuevo Testamento es la de un tierno Pastor que
guía a su rebaño (Jn 10.1-16). Un buen pastor
cuida su rebaño del peligro, y conduce a sus
ovejas a lugares de alimentación y descanso.
Cristo, como nuestro Buen Pastor, nos conduce y
sostiene con amor.
Debido a todo eso, tiene derecho indiscutible
para dirigir cada una de nuestras acciones,
pensamientos y actitudes. Si estamos dispuestos
a sujetarnos al señorío de Cristo, nuestras vidas
tendrán un impacto incalculable en nuestros
conocidos y un significado especial en el Reino
de Dios; pero si deliberadamente lo rechazamos,
estaremos en rebeldía abierta en contra de Él.
Nuestra responsabilidad es demostrar
lo que es la vida de Cristo
Otra importante verdad que el nuevo creyente
necesita conocer, es que tenemos un papel que
Filipenses 2.5-13 Salmo 23.39 | Juan 16.13 | Romanos 8.29 | Gálatas 5.1
Efesios 2.8-9 | Filipenses 1.1; 2.12, 13 | Colosenses 1.15-17, 23
" La Obediencia siempre trae Bendición "
La obediencia es inseparable de la
bendición.
Quizá reaccione usted a esta declaración diciendo: “Eso será en su caso, pero no en el mío”. Si así
se expresa, es posible que usted haya esperado
que el Señor conteste sus oraciones como usted
lo haya deseado pero que en realidad no haya
entendido cómo Él mismo quiere bendecirle.
Y, ¿qué es eso de “bendición”? Yo la defino así:
“La bendición es toda expresión de la bondad y
el amor de Dios hacia nosotros”. Eso puede abarcar contestaciones a la oración, intervenciones
milagrosas y favores inesperados que reconocemos como dones de Dios. Pero Él también nos
bendice de distintas maneras. Por ejemplo nos da
fortaleza y gozo en medio de la adversidad y usa
nuestros sufrimientos para ayudarnos a alcanzar
la madurez espiritual.
Podemos estar seguros de que recibiremos
sus bendiciones, pero al mismo tiempo debemos
tener presente que siempre son resultado de
nuestra obediencia, como Él mismo lo indicó
en el Salmo 24.1-5.
Ejemplos bíblicos:
Dios le ordenó a Noé que construyera un
barco inmenso.Aunque él tuvo que esperar
muchos años para ver la razón para esa orden,
obedeció y gracias a eso toda su familia se salvó
de perecer en el diluvio subsecuente (He 11.7).
Abraham también tuvo que abandonar
su tierra y su parentela, obedecer a Dios y
seguirlo. Como resultado no solo fue bendecido
grandemente, sino que gozó de prosperidad
material y llegó a ser el padre del pueblo de
Israel (Gn 12.1-3).
David honró a Dios rehusándose a matar
a su ungido.A su debido tiempo ascendió al trono
para el cual el mismo Dios lo había designado
diciendo que era “varón conforme a su corazón” y
de cuya descendencia levantaría al Señor Jesús por
Salvador a Israel” (Hch 13.22-23).
Dios llamó a Pablo a seguir al Señor Jesús.
Esto demandaba aceptar la teología de aquellos a
quienes Pablo perseguía con tenacidad. Debido
a que obedeció a Dios y llevó el evangelio a
los gentiles, sigue siendo el apóstol que más ha
influido en la extensión y comprensión de la
verdad del evangelio.
Formas de bendición
Los dones de Dios no siempre son obvios, pero
si lo obedecemos, Él nos bendice dándonos:
Paz. Esta cualidad interna suele surgir cuando
parece difícil o acaso absurdo obedecer lo que
Dios nos demande en ciertas ocasiones.
Gozo. Quizá nos atrevamos a decirle:“Señor,
no puedo, no me agrada obedecer lo que me
has ordenado”.Y luego oramos y le exponemos
nuestras razones, pero por fin nos sometemos a
su voluntad y Él nos bendice impartiéndonos
gozo en abundancia.
Contentamiento. Es la sensación maravillosa
de satisfacción que Él nos concede aunque muchas
personas consideren que ni ésta ni las dos anteriores sean bendiciones, pues afirman que son
solo emociones y no cosas concretas.
Fe. Es decir, cuando Él se encarga de aumentar
nuestra fe titubeante y un tanto incrédula. De
esta manera creceremos espiritualmente y más
adelante, al ser desafiados, estaremos más confiados
en lo que Él puede hacer.
Lo que pedimos. Se debe a que somos ya más
sensibles y más conscientes de su participación en
nuestra vida y no en la satisfacción de nuestros
deseos.
Bendiciones eternas. Sabemos que al
comparecer ante Él en el día postrero seremos
recompensados por nuestra obediencia aun en
los detalles más pequeños (Mt 10.42; Mr 9.41).
Sufrimiento antes de bendición
Frecuentemente el primer efecto de la obediencia
no es bendición sino sufrimiento.A veces lo que
Dios nos demanda al principio nos produce
dolor y angustia por lo que si experimentamos
dificultad, no debemos presuponer que hayamos
cometido un error ni que Él nos haya abandonado.
Muchas personas cometen ese error porque sus
vidas están alteradas, por lo que se preguntan:
“Dios mío, ¿dónde estás?” Donde siempre ha
estado, pues así lo ha prometido (He 13.5). No se
dan cuenta que Dios les ama incondicionalmente
y que lo que está haciendo es algo que será de
gran bendición para ellas. El problema es que
se han limitado a lo que creen ser de primera
importancia, pero las bendiciones de Dios son
primordialmente espirituales y emocionales.
El propósito de Dios en la obediencia
Hacernos depender completamente de
Él. Por eso tan pronto como sea posible es
ser instrumentos útiles en sus manos.
Nuestra obediencia siempre bendice a
otros. Quizá creamos que nadie nos observa,
pero si demostramos que obedecemos a Dios a
cada paso, aun en la adversidad, pasamos a ser
ejemplos vivos de cómo Él nos ayuda a superar
cualquier obstáculo.
La obediencia siempre trae consigo, bendiciones escogidas por Dios.Tal vez Él nos
bendiga de una manera que no nos agrade del
todo, pero sí garantiza que seremos bendecidos
si reaccionamos positivamente al reconocer que
Él considera que necesitamos que nos limpie a
fin de que tengamos más fruto (Jn 15.2).
CONCLUSIÓN:
Si obedecemos a Dios, ¿podemos esperar que
nos bendiga? Sí, pero recordemos que lo que
Él elija para bendecirnos puede ser distinto a lo
que sea de nuestro completo agrado. No obstante,
pese a nuestra pérdida aparente y dolor, siempre
podremos beneficiarnos de la bondad de Dios.
Quizá Él esté utilizando ese sufrimiento para
atraernos más a Él o para remover de nuestras
vidas todo aquello que pueda estorbar nuestra
efectividad para servirle como su obra lo demanda
y como Él lo merece.
Nuestro Padre celestial nos ama tanto que desea
bendecirnos y desarraigar todo aquello que nos
impida estar en el centro de su voluntad. Con
mucha frecuencia sus bendiciones no consisten
en cosas que puedan tocarse o verse; a veces Él
desea enriquecer nuestras vidas para que podamos
dar a conocer mejor la profundidad de su amor y
sus propósitos eternos a favor de quienes todavía
necesitan hacer suya la salvación que Cristo ofrece
a todo aquel que crea en Él. Cumplir ese objetivo
será en sí la mayor bendición que podamos recibir.
Salmo 24.1-5 | Génesis 12.1-3 | Mateo 10.42 | Marcos 9.41 | Juan 15.2
Hechos 13.22-23 | Hebreos 11.7; 13.5
bendición.
Quizá reaccione usted a esta declaración diciendo: “Eso será en su caso, pero no en el mío”. Si así
se expresa, es posible que usted haya esperado
que el Señor conteste sus oraciones como usted
lo haya deseado pero que en realidad no haya
entendido cómo Él mismo quiere bendecirle.
Y, ¿qué es eso de “bendición”? Yo la defino así:
“La bendición es toda expresión de la bondad y
el amor de Dios hacia nosotros”. Eso puede abarcar contestaciones a la oración, intervenciones
milagrosas y favores inesperados que reconocemos como dones de Dios. Pero Él también nos
bendice de distintas maneras. Por ejemplo nos da
fortaleza y gozo en medio de la adversidad y usa
nuestros sufrimientos para ayudarnos a alcanzar
la madurez espiritual.
Podemos estar seguros de que recibiremos
sus bendiciones, pero al mismo tiempo debemos
tener presente que siempre son resultado de
nuestra obediencia, como Él mismo lo indicó
en el Salmo 24.1-5.
Ejemplos bíblicos:
Dios le ordenó a Noé que construyera un
barco inmenso.Aunque él tuvo que esperar
muchos años para ver la razón para esa orden,
obedeció y gracias a eso toda su familia se salvó
de perecer en el diluvio subsecuente (He 11.7).
Abraham también tuvo que abandonar
su tierra y su parentela, obedecer a Dios y
seguirlo. Como resultado no solo fue bendecido
grandemente, sino que gozó de prosperidad
material y llegó a ser el padre del pueblo de
Israel (Gn 12.1-3).
David honró a Dios rehusándose a matar
a su ungido.A su debido tiempo ascendió al trono
para el cual el mismo Dios lo había designado
diciendo que era “varón conforme a su corazón” y
de cuya descendencia levantaría al Señor Jesús por
Salvador a Israel” (Hch 13.22-23).
Dios llamó a Pablo a seguir al Señor Jesús.
Esto demandaba aceptar la teología de aquellos a
quienes Pablo perseguía con tenacidad. Debido
a que obedeció a Dios y llevó el evangelio a
los gentiles, sigue siendo el apóstol que más ha
influido en la extensión y comprensión de la
verdad del evangelio.
Formas de bendición
Los dones de Dios no siempre son obvios, pero
si lo obedecemos, Él nos bendice dándonos:
Paz. Esta cualidad interna suele surgir cuando
parece difícil o acaso absurdo obedecer lo que
Dios nos demande en ciertas ocasiones.
Gozo. Quizá nos atrevamos a decirle:“Señor,
no puedo, no me agrada obedecer lo que me
has ordenado”.Y luego oramos y le exponemos
nuestras razones, pero por fin nos sometemos a
su voluntad y Él nos bendice impartiéndonos
gozo en abundancia.
Contentamiento. Es la sensación maravillosa
de satisfacción que Él nos concede aunque muchas
personas consideren que ni ésta ni las dos anteriores sean bendiciones, pues afirman que son
solo emociones y no cosas concretas.
Fe. Es decir, cuando Él se encarga de aumentar
nuestra fe titubeante y un tanto incrédula. De
esta manera creceremos espiritualmente y más
adelante, al ser desafiados, estaremos más confiados
en lo que Él puede hacer.
Lo que pedimos. Se debe a que somos ya más
sensibles y más conscientes de su participación en
nuestra vida y no en la satisfacción de nuestros
deseos.
Bendiciones eternas. Sabemos que al
comparecer ante Él en el día postrero seremos
recompensados por nuestra obediencia aun en
los detalles más pequeños (Mt 10.42; Mr 9.41).
Sufrimiento antes de bendición
Frecuentemente el primer efecto de la obediencia
no es bendición sino sufrimiento.A veces lo que
Dios nos demanda al principio nos produce
dolor y angustia por lo que si experimentamos
dificultad, no debemos presuponer que hayamos
cometido un error ni que Él nos haya abandonado.
Muchas personas cometen ese error porque sus
vidas están alteradas, por lo que se preguntan:
“Dios mío, ¿dónde estás?” Donde siempre ha
estado, pues así lo ha prometido (He 13.5). No se
dan cuenta que Dios les ama incondicionalmente
y que lo que está haciendo es algo que será de
gran bendición para ellas. El problema es que
se han limitado a lo que creen ser de primera
importancia, pero las bendiciones de Dios son
primordialmente espirituales y emocionales.
El propósito de Dios en la obediencia
Hacernos depender completamente de
Él. Por eso tan pronto como sea posible es
ser instrumentos útiles en sus manos.
Nuestra obediencia siempre bendice a
otros. Quizá creamos que nadie nos observa,
pero si demostramos que obedecemos a Dios a
cada paso, aun en la adversidad, pasamos a ser
ejemplos vivos de cómo Él nos ayuda a superar
cualquier obstáculo.
La obediencia siempre trae consigo, bendiciones escogidas por Dios.Tal vez Él nos
bendiga de una manera que no nos agrade del
todo, pero sí garantiza que seremos bendecidos
si reaccionamos positivamente al reconocer que
Él considera que necesitamos que nos limpie a
fin de que tengamos más fruto (Jn 15.2).
CONCLUSIÓN:
Si obedecemos a Dios, ¿podemos esperar que
nos bendiga? Sí, pero recordemos que lo que
Él elija para bendecirnos puede ser distinto a lo
que sea de nuestro completo agrado. No obstante,
pese a nuestra pérdida aparente y dolor, siempre
podremos beneficiarnos de la bondad de Dios.
Quizá Él esté utilizando ese sufrimiento para
atraernos más a Él o para remover de nuestras
vidas todo aquello que pueda estorbar nuestra
efectividad para servirle como su obra lo demanda
y como Él lo merece.
Nuestro Padre celestial nos ama tanto que desea
bendecirnos y desarraigar todo aquello que nos
impida estar en el centro de su voluntad. Con
mucha frecuencia sus bendiciones no consisten
en cosas que puedan tocarse o verse; a veces Él
desea enriquecer nuestras vidas para que podamos
dar a conocer mejor la profundidad de su amor y
sus propósitos eternos a favor de quienes todavía
necesitan hacer suya la salvación que Cristo ofrece
a todo aquel que crea en Él. Cumplir ese objetivo
será en sí la mayor bendición que podamos recibir.
Salmo 24.1-5 | Génesis 12.1-3 | Mateo 10.42 | Marcos 9.41 | Juan 15.2
Hechos 13.22-23 | Hebreos 11.7; 13.5
" Debemos perdonarnos nosotros mismos "
¿ Cómo liberarnos de la autocondenación ?
¿Le resulta difícil perdonar a alguien en particular? ¿Se trata de un enemigo, o de un familiar que le hiere con frecuencia? ¿O se trata de usted mismo? He escuchado a algunos cristianos decir: “No tengo nada en contra de quienes me han agraviado, y sé que la sangre de Cristo ha cubierto todos mis pecados, pero no puedo perdonarme a mí mismo”. A veces, la persona más difícil de perdonar es uno mismo, pero el perdón nunca es pleno hasta que uno logra hacerlo.
Los asuntos que nos causan vergüenza y sentimientos de culpa son diversos. Tal vez una conducta inapropiada, o las palabras hirientes contra un ser querido. Tal vez una mala decisión, como un divorcio o un aborto. O quizás el cargo de conciencia por palabras o acciones humillantes dirigidas a nuestros hijos.
El apóstol Pedro debió, también, de haber lidiado con el sentimiento de autocondenación. En el momento de mayor necesidad del Señor Jesús, Pedro negó conocerle (Mt 26.69-75). Su deslealtad debió de haber sido aun más difícil de soportar por su promesa de que nunca le fallaría (Mt 26.33). La escena de su traición probablemente se repitió mil veces en su mente, haciéndole desear poder borrar sus palabras. Pero no pudo.
Luego está Pablo. Después de que “vio la luz”, lamentó su historia de persecución de la iglesia (Hch 9.1-4; 1 Ti 1.5-16.). ¿Cómo pudo alguien con un historial tan horrendo convertirse en el mayor evangelista y plantador de iglesias de su época?
Ambos descubrieron el secreto para sobreponerse al fracaso y al pecado. Comprendieron y aceptaron el perdón de Dios, eligiendo vivir en la riqueza de su gracia inmerecida. Pero no se detuvieron allí; también se perdonaron a sí mismos. Pusieron la culpa de sus pecados en la cruz, y se negaron a seguir llevándola. Es por eso que el Señor pudo usarlos tan efectivamente.
Aquellos de nosotros que fuimos redimidos por fe en Cristo, hemos sido totalmente perdonados y declarados “inocentes”. Sin embargo, muchos creyentes tienen dificultades para deshacerse de sus remordimientos. La verdad es que un espíritu no perdonador dirigido hacia uno mismo, es tan perjudicial y destructivo como el rencor contra alguien más. ¿Cómo puede uno seguir manteniendo bajo la esclavitud a alguien que Dios ha perdonado? ¿Cómo es que no puedo perdonarme a mí mismo?
¿Qué caracteriza a quienes no se perdonan a sí mismos?
>>EL AUTOCASTIGO. Una señal de un espíritu no perdonador, es el deseo de castigar quien cometió la falta. Eso es exactamente lo que nos hacemos a nosotros mismos cuando nos aferramos a la autocondenación. Cada mañana la culpa nos espera, y obedientemente la cargamos como una mochila durante todo el día. Con cada repetición mental de nuestras faltas pasadas, experimentamos de nuevo las dolorosas y humillantes emociones que acompañaban a nuestro pecado del pasado. Algunas personas incluso se abstienen de las cosas buenas que Dios quiere que disfruten, porque piensan que esa autonegación, de alguna manera, pagará sus transgresiones. ¡Qué absurdo es castigarnos a nosotros mismos cuando Cristo ya ha pagado la totalidad de la pena! El sufrimiento autoimpuesto no añade nada a su completa expiación a favor nuestro (Ef 2.8, 9).
>>LA EVASIÓN. Los seres humanos somos maestros en el arte de intentar escapar de la culpa, para no tener que enfrentarla. Hay quienes tratan de atenuar el remordimiento por medio del alcohol, las drogas, la comida, las compras, el entretenimiento o las aventuras sexuales. Otros llenan sus vidas de actividad constante, con agendas sobrecargadas y trabajo excesivo. Pero no podemos deshacernos de nuestra culpa ni ignorarla. En algún momento tenemos que hacerle frente, o el remordimiento seguirá consumiéndonos, dañando nuestras almas (Sal 32.3, 4).
>>EL DESMERECIMIENTO. Otra señal es el profundo sentimiento de desmerecimiento que afecta todos los aspectos de la vida. Si Satanás puede hacerle sentir que es indigno por sus faltas del pasado, le tendrá exactamente como él quiere que esté: paralizado espiritualmente. Su vida de oración será débil o inexistente, su relación íntima con el Señor se apagará, y su servicio se verá estorbado y será infructuoso. En realidad, ninguno de nosotros es digno. Es por eso que todos necesitamos la gracia divina, el favor inmerecido de Dios a nosotros. Aferrarse a sentimientos de desmerecimiento y rechazar la gracia de Dios, es perjudicial para nuestra vida espiritual (Hch 10.15).
>>LA INCERTIDUMBRE. Recordar constantemente los errores del pasado mantiene al cristiano en incertidumbre. A pesar de tener la seguridad de su salvación, nunca están totalmente seguros de cómo lo ve Dios, y nunca experimenta la paz que sobrepasa todo entendimiento (Fil 4.6, 7). A veces, incluso, puede preguntarse: ¿Qué saldrá mal ahora? Después de todo, no soy digno de ninguna bendición. Estoy seguro de que me vendrá alguna prueba, porque me la merezco. Esta manera de pensar socava la confianza en el Señor y, en realidad, crea una barrera entre Dios y nosotros. Cuando mantenemos vivo el sentimiento de culpa por nuestro pecado, perdemos el contentamiento, la confianza y el gozo que da el perdón. El Señor no lleva un registro de nuestras transgresiones, y tampoco debemos hacerlo nosotros (Sal 103.12).
>>UNA MANERA DE PENSAR DISTORSIONADA. En vez de razonar partiendo de la verdad de la Biblia, quienes están llenos de remordimiento confían en su propia lógica y en sus emociones. Los pecados del pasado se convierten en el centro de atención, y lo que Dios dice no es tenido en cuenta. Su Palabra dice que todos mis pecados han sido perdonados, pero si me aferro a ellos estoy negando su promesa y manteniendo mis propias ideas. Para decirlo sin rodeos, el problema es el egocentrismo. Si todo lo que veo es mi pecado, mis sentimientos, mi indignidad, mi culpa y mi remordimiento, estoy absorbido en mí mismo (He 12.1-3).
>>LA CARENCIA DE PODER. Cristo quiere mostrar su vida en sus seguidores, pero cualquiera que tenga un espíritu no perdonador apaga la luz de Él. Aunque todos sabemos que está mal guardarle rencor a alguien, a menudo lo toleramos hacia nosotros mismos. Quienes insisten en cargar con sus sentimientos de culpa no están andando en el Espíritu, y el resultado será una vida cristiana carente de poder.
¿Por qué no queremos perdonarnos a nosotros mismos?
Para vencer la autocondenación, debemos aprender a comprender por qué tenemos este problema. ¿Qué nos ha motivado a castigarnos a nosotros mismos, aferrándonos al sentimiento de culpa?
>>LA INCREDULIDAD. La causa principal es la incredulidad —priorizar los sentimientos y al razonamiento humano por encima de la verdad de la Palabra de Dios. La Biblia dice que Jesús llevó el castigo por nuestros pecados (Ro 3.23-26). Pero quienes se aferran a la culpa están diciendo, básicamente: “No, mi pecado necesita más castigo. Tengo que sufrir por él hasta que sienta que puedo perdonarme a mí mismo”. ¿No le alegra que Dios no haya dispuesto que fuera así? Cuando Cristo murió en la cruz, dijo: “Consumado es” (Jn 19.30). No hace falta ningún otro pago. La manera como nos sintamos no tiene nada que ver con la realidad de lo que Él ha hecho por nosotros.
>>EL LEGALISMO. Tal vez el no poder vivir a la altura de nuestras propias expectativas, es lo que nos hace condenarnos. Sin embargo, cuando estamos tan decepcionados que no podemos perdonarnos, hemos establecido una norma basada en el desempeño. Esto es lo que se llama legalismo. El Señor tiene solo un requisito para recibir su perdón: la fe en Cristo. Decir: “Lo que hice fue tan malo, que no puedo perdonarme”, es vivir bajo la ley, no bajo la gracia. El perdón de Dios no se da en base a un sistema de categorización de los pecados, y el nuestro no debe ser diferente.
>>LA ACEPTACIÓN. Lamentablemente, después de vivir por mucho tiempo bajo la autocondenación, los creyentes pueden empezar a ver eso como un estilo de vida normal. Pero no lo es. Cristo nos prometió libertad de la culpa, juntamente con la vida abundante que acompaña a una conciencia purificada. No aceptar esto significa permanecer en una prisión creada por nosotros mismos. Las instituciones penitenciarias tienen una palabra para los reclusos que se han aclimatado tanto a la vida en la prisión, que tiene miedo de vivir fuera de ella: institucionalizados. Eso es exactamente lo que sucede con los creyentes que no quieren desprenderse de sus sentimientos de culpa. Se encogen en sus celdas, a pesar de que Cristo les ha abierto la puerta e invitado a salir a la libertad que Él compró para ellos.
¿Cómo puedo perdonarme?
La autocondenación no es la manera en que Dios quiere que vivamos. Pero, ¿cómo se puede cambiar esta práctica?
Reconociéndola.El primer paso es reconocer que uno no se ha perdonado a sí mismo. Hay que encarar el hecho, y comenzar a lidiar con el problema.
Arrepintiéndose. Confesarle al Señor que los sentimientos de autocondenación son pecado. Luego aceptar su perdón, y darle gracias.
Creyéndole a Dios. Reafirmar la confianza en la verdad de la Biblia. Dios dice que Él ha alejado nuestras rebeliones, como está lejos el oriente del occidente.
Escogiendo el perdón. Con base en la Biblia, y por un acto de voluntad, en fe, hay que decidir perdonarse a uno mismo.
Cada uno de estos pasos están basados en la verdad, no en las emociones. Dejemos de repetir la vieja grabación de nuestros pecados, y comencemos a repetir las verdades de la Palabra de Dios. La libertad de la culpa y el arrepentimiento dependen simplemente de una decisión. El Señor Jesús vino para liberar a los cautivos (Lc 4.18). El cristiano que se aferre al perdón de Cristo y renuncie a los sentimientos de culpa, saldrá de la prisión de autocondenación al gozo de la vida abundante.
¿Le resulta difícil perdonar a alguien en particular? ¿Se trata de un enemigo, o de un familiar que le hiere con frecuencia? ¿O se trata de usted mismo? He escuchado a algunos cristianos decir: “No tengo nada en contra de quienes me han agraviado, y sé que la sangre de Cristo ha cubierto todos mis pecados, pero no puedo perdonarme a mí mismo”. A veces, la persona más difícil de perdonar es uno mismo, pero el perdón nunca es pleno hasta que uno logra hacerlo.
Los asuntos que nos causan vergüenza y sentimientos de culpa son diversos. Tal vez una conducta inapropiada, o las palabras hirientes contra un ser querido. Tal vez una mala decisión, como un divorcio o un aborto. O quizás el cargo de conciencia por palabras o acciones humillantes dirigidas a nuestros hijos.
El apóstol Pedro debió, también, de haber lidiado con el sentimiento de autocondenación. En el momento de mayor necesidad del Señor Jesús, Pedro negó conocerle (Mt 26.69-75). Su deslealtad debió de haber sido aun más difícil de soportar por su promesa de que nunca le fallaría (Mt 26.33). La escena de su traición probablemente se repitió mil veces en su mente, haciéndole desear poder borrar sus palabras. Pero no pudo.
Luego está Pablo. Después de que “vio la luz”, lamentó su historia de persecución de la iglesia (Hch 9.1-4; 1 Ti 1.5-16.). ¿Cómo pudo alguien con un historial tan horrendo convertirse en el mayor evangelista y plantador de iglesias de su época?
Ambos descubrieron el secreto para sobreponerse al fracaso y al pecado. Comprendieron y aceptaron el perdón de Dios, eligiendo vivir en la riqueza de su gracia inmerecida. Pero no se detuvieron allí; también se perdonaron a sí mismos. Pusieron la culpa de sus pecados en la cruz, y se negaron a seguir llevándola. Es por eso que el Señor pudo usarlos tan efectivamente.
Aquellos de nosotros que fuimos redimidos por fe en Cristo, hemos sido totalmente perdonados y declarados “inocentes”. Sin embargo, muchos creyentes tienen dificultades para deshacerse de sus remordimientos. La verdad es que un espíritu no perdonador dirigido hacia uno mismo, es tan perjudicial y destructivo como el rencor contra alguien más. ¿Cómo puede uno seguir manteniendo bajo la esclavitud a alguien que Dios ha perdonado? ¿Cómo es que no puedo perdonarme a mí mismo?
¿Qué caracteriza a quienes no se perdonan a sí mismos?
>>EL AUTOCASTIGO. Una señal de un espíritu no perdonador, es el deseo de castigar quien cometió la falta. Eso es exactamente lo que nos hacemos a nosotros mismos cuando nos aferramos a la autocondenación. Cada mañana la culpa nos espera, y obedientemente la cargamos como una mochila durante todo el día. Con cada repetición mental de nuestras faltas pasadas, experimentamos de nuevo las dolorosas y humillantes emociones que acompañaban a nuestro pecado del pasado. Algunas personas incluso se abstienen de las cosas buenas que Dios quiere que disfruten, porque piensan que esa autonegación, de alguna manera, pagará sus transgresiones. ¡Qué absurdo es castigarnos a nosotros mismos cuando Cristo ya ha pagado la totalidad de la pena! El sufrimiento autoimpuesto no añade nada a su completa expiación a favor nuestro (Ef 2.8, 9).
>>LA EVASIÓN. Los seres humanos somos maestros en el arte de intentar escapar de la culpa, para no tener que enfrentarla. Hay quienes tratan de atenuar el remordimiento por medio del alcohol, las drogas, la comida, las compras, el entretenimiento o las aventuras sexuales. Otros llenan sus vidas de actividad constante, con agendas sobrecargadas y trabajo excesivo. Pero no podemos deshacernos de nuestra culpa ni ignorarla. En algún momento tenemos que hacerle frente, o el remordimiento seguirá consumiéndonos, dañando nuestras almas (Sal 32.3, 4).
>>EL DESMERECIMIENTO. Otra señal es el profundo sentimiento de desmerecimiento que afecta todos los aspectos de la vida. Si Satanás puede hacerle sentir que es indigno por sus faltas del pasado, le tendrá exactamente como él quiere que esté: paralizado espiritualmente. Su vida de oración será débil o inexistente, su relación íntima con el Señor se apagará, y su servicio se verá estorbado y será infructuoso. En realidad, ninguno de nosotros es digno. Es por eso que todos necesitamos la gracia divina, el favor inmerecido de Dios a nosotros. Aferrarse a sentimientos de desmerecimiento y rechazar la gracia de Dios, es perjudicial para nuestra vida espiritual (Hch 10.15).
>>LA INCERTIDUMBRE. Recordar constantemente los errores del pasado mantiene al cristiano en incertidumbre. A pesar de tener la seguridad de su salvación, nunca están totalmente seguros de cómo lo ve Dios, y nunca experimenta la paz que sobrepasa todo entendimiento (Fil 4.6, 7). A veces, incluso, puede preguntarse: ¿Qué saldrá mal ahora? Después de todo, no soy digno de ninguna bendición. Estoy seguro de que me vendrá alguna prueba, porque me la merezco. Esta manera de pensar socava la confianza en el Señor y, en realidad, crea una barrera entre Dios y nosotros. Cuando mantenemos vivo el sentimiento de culpa por nuestro pecado, perdemos el contentamiento, la confianza y el gozo que da el perdón. El Señor no lleva un registro de nuestras transgresiones, y tampoco debemos hacerlo nosotros (Sal 103.12).
>>UNA MANERA DE PENSAR DISTORSIONADA. En vez de razonar partiendo de la verdad de la Biblia, quienes están llenos de remordimiento confían en su propia lógica y en sus emociones. Los pecados del pasado se convierten en el centro de atención, y lo que Dios dice no es tenido en cuenta. Su Palabra dice que todos mis pecados han sido perdonados, pero si me aferro a ellos estoy negando su promesa y manteniendo mis propias ideas. Para decirlo sin rodeos, el problema es el egocentrismo. Si todo lo que veo es mi pecado, mis sentimientos, mi indignidad, mi culpa y mi remordimiento, estoy absorbido en mí mismo (He 12.1-3).
>>LA CARENCIA DE PODER. Cristo quiere mostrar su vida en sus seguidores, pero cualquiera que tenga un espíritu no perdonador apaga la luz de Él. Aunque todos sabemos que está mal guardarle rencor a alguien, a menudo lo toleramos hacia nosotros mismos. Quienes insisten en cargar con sus sentimientos de culpa no están andando en el Espíritu, y el resultado será una vida cristiana carente de poder.
¿Por qué no queremos perdonarnos a nosotros mismos?
Para vencer la autocondenación, debemos aprender a comprender por qué tenemos este problema. ¿Qué nos ha motivado a castigarnos a nosotros mismos, aferrándonos al sentimiento de culpa?
>>LA INCREDULIDAD. La causa principal es la incredulidad —priorizar los sentimientos y al razonamiento humano por encima de la verdad de la Palabra de Dios. La Biblia dice que Jesús llevó el castigo por nuestros pecados (Ro 3.23-26). Pero quienes se aferran a la culpa están diciendo, básicamente: “No, mi pecado necesita más castigo. Tengo que sufrir por él hasta que sienta que puedo perdonarme a mí mismo”. ¿No le alegra que Dios no haya dispuesto que fuera así? Cuando Cristo murió en la cruz, dijo: “Consumado es” (Jn 19.30). No hace falta ningún otro pago. La manera como nos sintamos no tiene nada que ver con la realidad de lo que Él ha hecho por nosotros.
>>EL LEGALISMO. Tal vez el no poder vivir a la altura de nuestras propias expectativas, es lo que nos hace condenarnos. Sin embargo, cuando estamos tan decepcionados que no podemos perdonarnos, hemos establecido una norma basada en el desempeño. Esto es lo que se llama legalismo. El Señor tiene solo un requisito para recibir su perdón: la fe en Cristo. Decir: “Lo que hice fue tan malo, que no puedo perdonarme”, es vivir bajo la ley, no bajo la gracia. El perdón de Dios no se da en base a un sistema de categorización de los pecados, y el nuestro no debe ser diferente.
>>LA ACEPTACIÓN. Lamentablemente, después de vivir por mucho tiempo bajo la autocondenación, los creyentes pueden empezar a ver eso como un estilo de vida normal. Pero no lo es. Cristo nos prometió libertad de la culpa, juntamente con la vida abundante que acompaña a una conciencia purificada. No aceptar esto significa permanecer en una prisión creada por nosotros mismos. Las instituciones penitenciarias tienen una palabra para los reclusos que se han aclimatado tanto a la vida en la prisión, que tiene miedo de vivir fuera de ella: institucionalizados. Eso es exactamente lo que sucede con los creyentes que no quieren desprenderse de sus sentimientos de culpa. Se encogen en sus celdas, a pesar de que Cristo les ha abierto la puerta e invitado a salir a la libertad que Él compró para ellos.
¿Cómo puedo perdonarme?
La autocondenación no es la manera en que Dios quiere que vivamos. Pero, ¿cómo se puede cambiar esta práctica?
Reconociéndola.El primer paso es reconocer que uno no se ha perdonado a sí mismo. Hay que encarar el hecho, y comenzar a lidiar con el problema.
Arrepintiéndose. Confesarle al Señor que los sentimientos de autocondenación son pecado. Luego aceptar su perdón, y darle gracias.
Creyéndole a Dios. Reafirmar la confianza en la verdad de la Biblia. Dios dice que Él ha alejado nuestras rebeliones, como está lejos el oriente del occidente.
Escogiendo el perdón. Con base en la Biblia, y por un acto de voluntad, en fe, hay que decidir perdonarse a uno mismo.
Cada uno de estos pasos están basados en la verdad, no en las emociones. Dejemos de repetir la vieja grabación de nuestros pecados, y comencemos a repetir las verdades de la Palabra de Dios. La libertad de la culpa y el arrepentimiento dependen simplemente de una decisión. El Señor Jesús vino para liberar a los cautivos (Lc 4.18). El cristiano que se aferre al perdón de Cristo y renuncie a los sentimientos de culpa, saldrá de la prisión de autocondenación al gozo de la vida abundante.
" La Verdadera Libertad "
¿Se siente usted libre?
Lo más seguro es que conteste que sí. Sin embargo, aquí no hablamos de esclavitud externa, sino
interna. Quizá usted no esté tras las rejas, ni
atado con grillos ni cadenas, pero que sí sea
cautivo de sistemas negativos de pensamiento o
comportamiento pernicioso. Entonces, confiesa
su pecado y se propone mejorar para la próxima
ocasión, pero al aumentar las presiones vuelve a
caer en el mismo estilo destructor. Otros quizá
crean que usted es un creyente fiel, pero en
realidad también padece de ansiedad, temores y
conflictos internos. La paz, el gozo y la plenitud
prometidos en la Palabra de Dios son solo
espejismos irreales.
Pero hay esperanza, pues el Señor Jesús dijo:
“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”
(Jn 8.32). Cristo tiene poder para romper las
cadenas que intentan mantenernos cautivos y
alejados de Él.
Muchos son esclavos del error y las
enseñanzas falsas como:
“Hay más de un camino para ir al cielo”.
En contraste con eso, el mismo Señor Jesucristo
dijo a sus discípulos:“Nadie viene al Padre, sino
por mí” (Jn 14.6).
“Las buenas obras nos llevan al cielo”.
Pero la Biblia dice que somos salvos solo por
medio de la fe, no por nuestras obras (Ef 2.8-9),
por buenas que parezcan.
“Dios nos acepta basándose en nuestro
buen desempeño”. No; nuestro Padre celestial
nos ama incondicionalmente (Ro 5.8) y en la
cruz la muerte de Cristo cumplió con todo lo
que necesitamos para ser aceptados por Él.
“Todo mundo irá al cielo porque Dios es
muy bueno”. En realidad los que rechazan a
Cristo y no creen en Él no podrán entrar en el
cielo (Jn 3.36).
“Podemos ser salvos hoy y perdernos
mañana”.Algunos creen que la vida eterna es
un don gratuito que debemos conservar por
nuestras buenas obras, pero la salvación es eterna y quien la recibe por fe, no puede perderse
(Jn 3.16).
Otros son esclavos de malas acciones
Nadie intenta convertirse en esclavo del alcohol;
ningún drogadicto deseó ser cautivo de una sustancia nociva. Lo mismo sucede con los adictos
de apetitos sexuales, de mentir constantemente,
robar, defraudar, ser indolentes, chismosos,
maldicientes o de cualquier otro pecado. Aunque
nadie está exento de pecar, Dios desea que
reconozcamos nuestras faltas honesta y
rápidamente.
También otros son víctimas de la
esclavitud emocional
Unas cuantas de ella son:
Temor. Esta es una atadura que abarca una
amplia gama de sentimientos negativos en cuanto
a preocupaciones como la vejez, falta de dinero,
enfermedad, accidentes, cualquier falta de confianza en el poder y el apoyo divino.
Celos y envidia. Esta es una combinación
fatal, pues provoca codicia por poseer lo que no
es lícito, lo que produce dolor y odio tanto para
quien codicia como para quien posee el objeto
deseado. No es posible ser envidioso y feliz al
mismo tiempo.
Culpa por acciones pasadas. Hay quienes
viven con remordimientos profundos que les
impiden perdonarse a sí mismos. Pero deben
recordar la promesa de perdón si se confiesa el
pecado pasado (Mi 7.18-19; 1 Jn 1.9).
Rencor. La Biblia dice que debemos perdonarnos unos a otros como Dios nos perdonó en
Cristo (Ef. 4.32) y continúa perdonándonos por
su misericordia, paciencia y amor
El poder destructivo de esta esclavitud
Obstruye muestra relación personal con
Jesucristo. No podremos ser como Él desea si
debido a nuestra incredulidad estamos atados a
cualquier cosa que le ofende.
Daña nuestro testimonio personal. Si consentimos en pecar, nuestra rebeldía debilitará
nuestra influencia con los inconversos; pero si
vivimos rectamente, se acrecentará el impacto
de nuestro testimonio del evangelio.
Contrista el corazón de Dios. Los padres
ejemplares lamentan las decisiones erróneas de
sus hijos y el Padre celestial se entristece al vernos
controlados por el pecado.
Limita nuestro potencial para servir a
Dios. Si no confrontamos debidamente nuestros
problemas, no podremos satisfacer sus propósitos en las tareas que Él nos encomiende.
Perjudica nuestro cuerpo. La ansiedad, la
amargura, el rencor, el enojo y otras emociones
negativas causan estragos en nuestros cuerpos.
La verdad que nos libera nos exhorta a
recordar:
Nuestra relación personal con Cristo. Si
somos creyentes, Él ha perdonado todos nuestros
pecados; jamás podremos perder la salvación.
Posición.Ya no somos enemigos de Dios, sino
hijos suyos y tenemos acceso al trono de la gracia
para recibir el socorro oportuno en cualquier
momento (He 4.16).
Posesión. El Espíritu Santo habita en nosotros
y Él nos capacitará en cada circunstancia. Dios
nos ha impartido su naturaleza y todo lo necesario para agradarlo y obedecerlo (2 P 1.3-4).
Dignidad. Como hijos de Dios somos de gran
estima para Él y muy útiles para cumplir su voluntad y servirle con fidelidad.
CONCLUSIÓN:
¿Está usted luchando con algunos de los
aspectos mencionados en este mensaje? Si ha
aceptado el don de la salvación de Dios, ya es
hijo suyo y tiene acceso al trono de la gracia
para obtener la victoria. Con la autoridad y el
poder del Espíritu Santo usted podrá rechazar
cada uno de ellos y cambiar de derrotero
siguiendo las sendas de justicia por las que
le conducirá el Buen Pastor (Sal 23.3).
Como hijos de Dios, los creyentes ya gozamos
de la libertad que Cristo nos ha dado; solo
necesitamos declararlo por fe. Para afirmarlo
podremos orar como sigue:“Señor, te confieso
que por mucho tiempo he sido cautivo de este
aspecto de la esclavitud al pecado. Gracias por
tu oferta del perdón y ahora te suplico que me
liberes y me concedas la victoria sobre este
pecado”.
Dios está listo para entrar en acción. ¿Está
usted listo para ser liberado?
Lo más seguro es que conteste que sí. Sin embargo, aquí no hablamos de esclavitud externa, sino
interna. Quizá usted no esté tras las rejas, ni
atado con grillos ni cadenas, pero que sí sea
cautivo de sistemas negativos de pensamiento o
comportamiento pernicioso. Entonces, confiesa
su pecado y se propone mejorar para la próxima
ocasión, pero al aumentar las presiones vuelve a
caer en el mismo estilo destructor. Otros quizá
crean que usted es un creyente fiel, pero en
realidad también padece de ansiedad, temores y
conflictos internos. La paz, el gozo y la plenitud
prometidos en la Palabra de Dios son solo
espejismos irreales.
Pero hay esperanza, pues el Señor Jesús dijo:
“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”
(Jn 8.32). Cristo tiene poder para romper las
cadenas que intentan mantenernos cautivos y
alejados de Él.
Muchos son esclavos del error y las
enseñanzas falsas como:
“Hay más de un camino para ir al cielo”.
En contraste con eso, el mismo Señor Jesucristo
dijo a sus discípulos:“Nadie viene al Padre, sino
por mí” (Jn 14.6).
“Las buenas obras nos llevan al cielo”.
Pero la Biblia dice que somos salvos solo por
medio de la fe, no por nuestras obras (Ef 2.8-9),
por buenas que parezcan.
“Dios nos acepta basándose en nuestro
buen desempeño”. No; nuestro Padre celestial
nos ama incondicionalmente (Ro 5.8) y en la
cruz la muerte de Cristo cumplió con todo lo
que necesitamos para ser aceptados por Él.
“Todo mundo irá al cielo porque Dios es
muy bueno”. En realidad los que rechazan a
Cristo y no creen en Él no podrán entrar en el
cielo (Jn 3.36).
“Podemos ser salvos hoy y perdernos
mañana”.Algunos creen que la vida eterna es
un don gratuito que debemos conservar por
nuestras buenas obras, pero la salvación es eterna y quien la recibe por fe, no puede perderse
(Jn 3.16).
Otros son esclavos de malas acciones
Nadie intenta convertirse en esclavo del alcohol;
ningún drogadicto deseó ser cautivo de una sustancia nociva. Lo mismo sucede con los adictos
de apetitos sexuales, de mentir constantemente,
robar, defraudar, ser indolentes, chismosos,
maldicientes o de cualquier otro pecado. Aunque
nadie está exento de pecar, Dios desea que
reconozcamos nuestras faltas honesta y
rápidamente.
También otros son víctimas de la
esclavitud emocional
Unas cuantas de ella son:
Temor. Esta es una atadura que abarca una
amplia gama de sentimientos negativos en cuanto
a preocupaciones como la vejez, falta de dinero,
enfermedad, accidentes, cualquier falta de confianza en el poder y el apoyo divino.
Celos y envidia. Esta es una combinación
fatal, pues provoca codicia por poseer lo que no
es lícito, lo que produce dolor y odio tanto para
quien codicia como para quien posee el objeto
deseado. No es posible ser envidioso y feliz al
mismo tiempo.
Culpa por acciones pasadas. Hay quienes
viven con remordimientos profundos que les
impiden perdonarse a sí mismos. Pero deben
recordar la promesa de perdón si se confiesa el
pecado pasado (Mi 7.18-19; 1 Jn 1.9).
Rencor. La Biblia dice que debemos perdonarnos unos a otros como Dios nos perdonó en
Cristo (Ef. 4.32) y continúa perdonándonos por
su misericordia, paciencia y amor
El poder destructivo de esta esclavitud
Obstruye muestra relación personal con
Jesucristo. No podremos ser como Él desea si
debido a nuestra incredulidad estamos atados a
cualquier cosa que le ofende.
Daña nuestro testimonio personal. Si consentimos en pecar, nuestra rebeldía debilitará
nuestra influencia con los inconversos; pero si
vivimos rectamente, se acrecentará el impacto
de nuestro testimonio del evangelio.
Contrista el corazón de Dios. Los padres
ejemplares lamentan las decisiones erróneas de
sus hijos y el Padre celestial se entristece al vernos
controlados por el pecado.
Limita nuestro potencial para servir a
Dios. Si no confrontamos debidamente nuestros
problemas, no podremos satisfacer sus propósitos en las tareas que Él nos encomiende.
Perjudica nuestro cuerpo. La ansiedad, la
amargura, el rencor, el enojo y otras emociones
negativas causan estragos en nuestros cuerpos.
La verdad que nos libera nos exhorta a
recordar:
Nuestra relación personal con Cristo. Si
somos creyentes, Él ha perdonado todos nuestros
pecados; jamás podremos perder la salvación.
Posición.Ya no somos enemigos de Dios, sino
hijos suyos y tenemos acceso al trono de la gracia
para recibir el socorro oportuno en cualquier
momento (He 4.16).
Posesión. El Espíritu Santo habita en nosotros
y Él nos capacitará en cada circunstancia. Dios
nos ha impartido su naturaleza y todo lo necesario para agradarlo y obedecerlo (2 P 1.3-4).
Dignidad. Como hijos de Dios somos de gran
estima para Él y muy útiles para cumplir su voluntad y servirle con fidelidad.
CONCLUSIÓN:
¿Está usted luchando con algunos de los
aspectos mencionados en este mensaje? Si ha
aceptado el don de la salvación de Dios, ya es
hijo suyo y tiene acceso al trono de la gracia
para obtener la victoria. Con la autoridad y el
poder del Espíritu Santo usted podrá rechazar
cada uno de ellos y cambiar de derrotero
siguiendo las sendas de justicia por las que
le conducirá el Buen Pastor (Sal 23.3).
Como hijos de Dios, los creyentes ya gozamos
de la libertad que Cristo nos ha dado; solo
necesitamos declararlo por fe. Para afirmarlo
podremos orar como sigue:“Señor, te confieso
que por mucho tiempo he sido cautivo de este
aspecto de la esclavitud al pecado. Gracias por
tu oferta del perdón y ahora te suplico que me
liberes y me concedas la victoria sobre este
pecado”.
Dios está listo para entrar en acción. ¿Está
usted listo para ser liberado?
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